Mirando a Un antropólogo en Marte, de Oliver Sacks.

Autora: Niddy Calderón Plaza.

Temple_gradin_1En esta obra Oliver Sacks explica a través de una narración amena, el tema del mundo de los autistas.

Generalmente su tono es cercano, como el de un amigo que cuenta una historia, un cuentista, sólo en ocasiones se distancia para dar explicaciones científicas, las cuales hace de manera sencilla. Cita a investigadores como Uta Frith, Frederick Barlet, Antonio Damasio, entre otros, de manera directa para ofrecernos definiciones y descripciones de enfermedades neurológicas como el autismo o el síndrome de Tourret.

Explica que en los cuarenta se enfocaba al autismo clínicamente describiendo una serie de síntomas (retraso, ataques epilépticos, movimientos repetitivos, tics, balanceo, juegos con los dedos y palmadas, etc.). Más tarde la psicología cognitiva gira este enfoque hacia la estructura mental, afirmando que el autista posee tres deterioros: de la interacción social, de la comunicación verbal y no verbal y de la actividad imaginativa y lúdica. Explica: “Sugieren que los autistas no poseen verdadera noción de las mentes de los demás ni sensibilidad hacia ellas, y a veces ni siquiera hacia la suya propia” (303).

Pero luego reconoce que los estudios aun hoy, no terminan de acercarse por completo a la diversidad de fenómenos de esta enfermedad. Sitúa el problema del autismo entre los de la ontología, en un límite casi inalcanzable: “La comprensión definitiva del autismo puede que exija avances técnicos y conceptuales que superan cualquier cosa que podamos soñar” (p. 303).

Sacks intenta ofrecer otra perspectiva sobre los autistas, a quienes se les relaciona, generalmente, con la imagen de un niño discapacitado, sin pensar en que existen adultos autistas, quienes pueden alcanzar a ser lo que él llama “autistas funcionales”, con aceptable desarrollo de la inteligencia, relaciones sociales y un tanto de imaginación.

A través de su encuentro con Temple compara algunos casos de otros pacientes que ha estudiado y afirma que cada autista tiene sus características particulares. Observa sus similitudes y diferencias, lo “prodigioso” y lo patológico que hay en cada uno.

Sacks parte del desconcierto de sentirse frente a lo paradójico. Más de una vez nos demuestra que el caso de Temple desafía lo antes dicho por investigadores en la materia. Sugiere haber encontrado en ella aspectos que se supone no tienen los autistas: juegos de fingimiento, ironía, capacidad de elaborar metáforas.

El ensayo de Sacks no hace señalamientos definitivos, no elabora una teoría científica definitiva, sino que más bien nos hace reflexionar sobre la inexactitud que puede tener a veces la ciencia frente a enfermedades humanas, lo que sólo confirma la complejidad de nuestra naturaleza. Duda, reflexiona sin conclusiones precisas, deja abierta una puerta para la comprensión.

Era julio, y yo acababa de regresar a casa tras pasar unos días con Stephen Wiltshire”. Así inicia lo que pareciera ser el relato de un cuento cualquiera.

Al narrar su encuentro con Temple Grandin, la describe como una mujer que actúa de forma casi mecánica, sin expresiones emotivas, tenaz, osada, pero con cierto “candor” que la hacía incapaz de saber si la estaban engañando. Su inteligencia y anormalidad causaban envidia y había sido objeto de bromas y abusos en principio. Logró graduarse de zoólogo, era profesora en la Universidad de Colorado y manejaba su propia empresa de diseño de instalaciones para animales.

Cuando le mostró su dormitorio se sorprendió frente a un particular aparato que ella había diseñado y al que llamaba su: “maquina de estrujar”. Esta máquina era un compresor industrial como los que se usan para inflar cauchos y consistía en una especie de cabina donde se introducía para recibir una presión en todo el cuerpo. Era una máquina de abrazar, que había comenzado a imaginar cuando tenía cinco años y deseaba recibir un abrazo, pero a la vez al recibirlo se sentía aterrorizada, agobiada.

Los psiquiatras consideraron este invento como una “regresión”. A lo que Temple buscó una explicación teórica que se acercara más a lo que ella sentía y elaboró una investigación del efecto de la aplicación de presiones fuertes en niños autistas, estudiantes universitarios y animales. Luego lo publicó en una revista científica.

A lo largo del texto Sacks va describiendo sus experiencias y los sentimientos que éstas le producen. Sus emociones están presentes siempre. Al encontrarse en un matadero con Temple, dice rechazar aquel lugar, hasta casi querer vomitar. Se nos muestra “estupefacto” frente al hecho de que ella se mostrara sin timidez, tal como es: “En mi memoria no hay archivos que estén reprimidos”. “Usted tiene archivos que están bloqueados. Yo no tengo ninguno tan doloroso como para que esté bloqueado. No hay secretos…” (p. 349).

Temple es una investigadora del comportamiento humano y animal, a lo que llega a través de una particular identificación con ellos, buscando explicarse a sí misma. Entonces Temple forma parte de los investigadores citados, en algún momento del ensayo. Como caso o paciente también la cita, textualmente, en sus entrevistas, usando unos pocos diálogos o parafrasea estas conversaciones, así mismo también se apoya en textos escritos por ella, tanto su autobiografía como sus artículos.

Temple decía saber cuándo un animal estaba triste, pero era incapaz de percibirlo en las personas. Su desconexión con las emociones de las personas era tal que decía no comprender lo sublime, lo conmovedor de una obra de arte, frente a ello decía sentirse como un antropólogo en Marte. Pero quién no se ha sentido alguna vez así, tal vez en circunstancias distintas a la de esta mujer, pero es este sentimiento muy humano.

Incluso el pensamiento de los autistas, señala Sacks, es distinto, se realiza en gran parte en imágenes, lo que Temple aprovechaba para visualizar como una película sus diseños de corrales y mataderos que contribuyeran a disminuir el dolor del animal.

Finalmente Sacks afirma que Temple es una mujer con un alto sentido moral. Ella confesó tener conciencia de Dios, pensando que si no hacía las cosas bien puede ser castigada.

Temple_gradin_2Un final conmovedor del ensayo. La escena de Temple diciendo: “Creo que en el mundo existe una fuerza superior que imparte el bien, no una entidad personal, como Buda o Jesús, quizá algo como el orden a partir del desorden. Me gusta pensar que aunque no haya nada después de la muerte, en el universo queda cierta huella energética… Casi todo el mundo transmite sus genes. Yo puedo transmitir mis pensamientos o lo que escribo… Eso es algo que me preocupa mucho —Temple, que estaba conduciendo, de pronto vaciló y lloró” (p. 360). La mujer que en todo el relato parecía no tener ni poder expresar emociones sino con los animales, llora junto a Sacks, quien la abraza y cree que ella ha correspondido a su abrazo.

Este libro de Sacks logra devolvernos a la complejidad de la naturaleza humana y nos coloca frente a incertidumbres que la ciencia ha creído satisfacer en sus teorías.

Esta entrada fue publicada en Articulos recientes, Dra Temple Grandin, Libros y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.